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                                              QUIEN NO TRABAJA, NO COME

  Hyakujo solía trabajar la tierra con sus discípulos aun a la edad de ochenta años. Diariamente arreglaba los jardines, limpiaba el terreno y podaba los árboles.

         Los pupilos se lamentaban de que su anciano maestro trabajase tan duramente, pero, sabiendo que no se dejaría convencer por ellos, convinieron en que lo mejor sería esconder sus herramientas en algún sitio donde no pudiera encontrarlas.

         El día que llevaron a cabo su plan, Hyakujo no probó bocado lo mismo hizo al día siguiente, y al otro día. “Debe estar enfadado porque hemos escondido sus herramientas”, pensaron los monjes. “Tal vez sería mejor que se las devolviéramos”.

         Así lo hicieron. Al día siguiente, el maestro trabajó y comió como solía hacer antes. “Quien no trabaja, no come”, dijo a sus discípulos por la tarde.

 (Esta máxima que adoptaría San Francisco de Asís como primera regla de su hermandad, no es un trasfondo moralista, sino más bien una exhortación a la actividad física y mental).