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                                                                   ERNESTO SÁBATO

                                                     

                                     ,                            

                                                             

                                               Discurso en Caracas (Venezuela) Agosto de 2002


...Cuando todo paso es un precipicio...

Quiero agradecer, en primer lugar, a Juan Carlos Escotet y a Ignacio Salvatierra, su invitación para compartir en esta noche con el pueblo de Venezuela. Muchas gracias.

He venido hasta acá, a mis 91 años, cuando todo paso es un precipicio, a compartir con este querido pueblo latinoamericano la angustia ante el desamparo, la violencia, la miseria de este hermoso continente que supo gozar de una fauna, de una flora, de una riqueza mineral que lo convirtió por siglos en objeto de codicia y explotación; con una población a la que permanentemente rindo mi homenaje, por la permanente fidelidad a sus valores enraizados milenariamente en un sentimiento sagrado de la vida, capaces de abnegación, de resistencia ante el infortunio, el hambre y la enfermedad. A ellos, a toda la sufriente población de este continente, mi emocionada admiración.

Como ustedes saben, vengo de un país que pertenece a esta misma tierra americana y que ha caído de la situación de país rico, riquísimo, -que ya en mi juventud conocí como la séptima potencia del mundo-, a ser hoy una nación arrasada por los explotadores y los corruptos, los de adentro y los de afuera, como la mayoría de nuestro continente hundido en la miseria, sin plata para cubrir las más urgentes necesidades de salud y educación, exigido por las entidades internacionales a reducir más y más el gasto público, siendo que ya no hay ya ni gasa ni los remedios más elementales en los hospitales; cuando no se cuenta ni con tizas ni con un pobre mapa en los colegios, y parecería que no tenemos salidas porque debemos a esas instituciones internacionales cifras impagables que contrajeron quienes nos gobernaron con impunidad. Nos hemos convertido en un país pobre, una deuda externa extenuante pesa sobre nuestro pueblo. Sufrimos una sensación de impotencia que parece comprometer la vida de nuestros hijos. No sabemos adónde nos llevarán los actos decisivos que estamos viviendo, pero sí podemos afirmar que una concepción nueva de la vida está creciendo entre nosotros, en medio del caos, la pobreza y el desempleo, todos nos estamos sintiendo hermanados, quizás como nunca antes en América. Como dijo el sublime Hölderlin, “cuando abunda el peligro crece lo que salva”. Con estas palabras quiero nombrar a este tiempo aciago en que vivimos y también a la magnitud de la utopía a la que creo que estamos llamados a encarnar.

Estamos frente a la más grave encrucijada de la historia. Es un hecho tan evidente que hace prescindible toda constatación, ya no se puede avanzar por el mismo camino, basta ver las noticias para advertir que es inadmisible abandonarse tranquilamente a la idea de que nuestros propios países y el mundo superarán sin más la crisis que atraviesa. Como dijo María Zambrano: “Las crisis muestran las entrañas de la vida humana, el desamparo del hombre que se ha quedado sin asidero, sin punto de referencia; de una vida que no fluye hacia ninguna meta y que no encuentra justificación”. Entonces, en medio de tanta desdicha, los que vivimos en crisis tengamos, tal vez, el privilegio de ver más claramente, como puesta al descubierto por sí misma y no por nosotros, por revelación y no por descubrimiento, la vida humana muestra vida. Es la experiencia peculiar de la crisis. Y como la historia parece decirnos que se han verificado varias, tendríamos que cada crisis histórica nos pone de manifiesto un conflicto esencial de la vida humana, un conflicto último, radical. Esta es la crisis que vivimos, la que nos enfrenta con el horror que padecen las dos terceras partes de la humanidad; y ésta es también nuestra oportunidad, la que nos llama a no permitir que sea estéril tanto sufrimiento. La grave situación que atravesamos no es únicamente la crisis de un determinado sistema, sino el quiebre de una concepción de la vida basada en la idolatría de la técnica y la desacralización de la criatura humana.

Cuando en 1951, hace cincuenta años más o menos, publiqué Hombres y Engranajes, recibí tal cantidad de ataques y críticas feroces de parte de los famosos progresistas que se negaban a ver el desastre que ellos mismos, con su fetichismo por la ciencia y la razón, habían ayudado a promover. Profetas como Blake, Kierkegaard, Dostoievsky, Nietzche; espíritus profundos y visionarios como Buder, Pascal, Schopenhauer, Berdaiev, Unamuno, todos ellos habían tenido la visión del Apocalipsis que se estaba gestando en medio del optimismo tecnolátrico. Pero la gran maquinaria siguió adelante, hasta que el hombre comenzó a sentirse en un universo incomprensible cuyos objetivos desconocía y cuyos Amos, invisibles y crueles, lo trituraban.

Entonces escribí: “Esta paradoja cuyas últimas y más trágicas consecuencias padecemos en la actualidad, fue el resultado de dos fuerzas dinámicas y amorales: el dinero y la razón. Con ellas el hombre conquista el poder secular. Pero, y ahí está la raíz de las paradojas, esa conquista se hace mediante la abstracción: desde el lingote de oro hasta el clearing, desde la palanca hasta el logaritmo, la historia del creciente dominio del hombre sobre el universo ha sido también la historia de las sucesivas abstracciones. El capitalismo moderno y la ciencia positiva son las dos caras de esta misma realidad desposeída de atributos concretos, de una abstracta fantasmagoría, de la que también forma parte el hombre pero no ya el hombre concreto individual, sino el hombre-masa, ese extraño ser con aspecto todavía humano, con ojos y llanto, voz y emociones, pero en verdad engranaje de una gigantesca maquinaria anónima. Este es el destino contradictorio de aquel semidiós renacentista que reivindicó su individualidad, que orgullosamente se levantó contra Dios, proclamando su voluntad de dominio y transformación de las cosas, ignorante también de que llegaría a convertirse en cosa”.

Han pasado cincuenta años de la publicación de este ensayo, y ahora, con espantoso patetismo, muchos advierten el cumplimiento de aquella intuición que tanta amargura me trajo. Estamos en la fase final de una cultura y un estilo de vida que durante siglos dio a los hombres amparo y orientación. Hemos recorrido hasta el fin las sendas del individualismo. Y aquel hombre que en el Renacimiento entró en la historia moderna lleno de confianza en sus potencialidades creadoras, sale de ella con su fe hecha jirones.

Bajo el firmamento de estos tiempos modernos, los seres humanos atravesaron con euforia momentos de esplendor y sufrieron con entereza guerras y miserias atroces. Hoy, con angustia, presenciamos su fin, su inevitable fin, sabiendo que ha sido construido con los afanes de millones de hombres que han dedicado su vida, sus años, sus estudios, la totalidad de sus horas de trabajo y la sangre de todos los que cayeron, con sentido o inútilmente, durante siglos. La fe en el hombre y en sus fuerzas autónomas, que lo sostenían, se han conmovido hasta el fondo. Demasiadas esperanzas se han quebrado; el hombre se siente exiliado de su propia existencia, extraviado en un universo kafkiano. Todo aquello que alguna vez fue motivo de comunión nos abandona abriendo en nuestro espíritu la amarga sensación de un destierro. El sentimiento de orfandad comienza precisamente cuando los valores compartidos y sagrados ya no dispensan aquella sensación de estar reunidos en un mismo anhelo. Lo que fue patria, pueblo, hogar, paisaje familiar, cielo, horizonte, se vuelven vacíos e insignificantes. Camus decía que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo pero que la nuestra tiene una mayor misión: consiste en impedir que el mundo se deshaga porque es heredera de una historia corrupta en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; poderes mediocres, que pueden destruirlo todo, porque la inteligencia se ha humillado hasta ponerse al servicio del odio y la opresión.

Es imposible no corroborar a diario las palabras de Camus, ante la visión de las antiguas torres derruidas, la vida se ha vuelto una inmensa cuesta en alto y, aunque la fuerza del espíritu nos impulsa a seguir luchando, hay días en que el desaliento nos hace dudar si seremos capaces de rescatar el mundo de tanto desamparo.

Sufrimos el quiebre total de una concepción de la vida y del ser humano bajo cuyos valores e ideales surgieron las sociedades modernas. Una concepción de la vida que desplegó su ánimo en la conquista, no sólo lo hizo en la ciencia descartando antiguas sabidurías y sus mitos, sino también conquistando todas las regiones del mundo. Ahora, las terribles consecuencias están a la vista, el sufrimiento de millones de seres humanos está permanentemente delante de nuestros ojos, por más fuerza que hagamos por no mirarlos. Veinte o treinta empresas internacionales tienen el dominio del planeta en sus garras, continentes enteros en la miseria junto a altos niveles tecnológicos, posibilidades de vida asombrosas a la par de millones de hombres desocupados, sin hogar, sin asistencia médica, sin educación. Diariamente es amputada la vida de miles de hombres y mujeres; de innumerable cantidad de adolescentes que no tendrán ocasión de comenzar siquiera a entrever el contenido de sus sueños. En nuestros países ya la gente tiene temor que por tomar decisiones que hagan más humana su vida, pierdan el trabajo, sean expulsados y pasen a pertenecer a esas multitudes que corren acongojadas en busca de un empleo que les impida caer en la miseria. Son los excluidos, una categoría que habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de la economía, en cuyos balances no cuentan la vida de millones de hombres y mujeres que así, viven y mueren en la peor miseria. Son los excluidos de las necesidades mínimas de la comida, la salud, la educación, la justicia, de las ciudades como de sus tierras. Debemos volver a dar espacio en el alma de los pueblos a una utopía que pueda albergar valores como el amor por la criatura humana, cualquiera sea su condición o procedencia, la justicia, el sentido del honor y de la vergüenza, la honestidad, el respeto por los demás y la búsqueda del sentido sagrado de la vida.

Nuestra sociedad se ha visto hasta tal punto golpeada por el materialismo, su espíritu ha sido corroído de tal manera por la injusticia y la frivolidad, que se vuelve casi imposible la transmisión de valores a las nuevas generaciones. ¿Cómo vamos a poder transmitir los grandes valores a nuestros hijos si en el grosero cambalache en que vivimos ya no se distingue si alguien es reconocido por héroe o por criminal? Y no piensen que exagero, ¿acaso no es un crimen que a millones de personas en la pobreza se les quite lo poco que les corresponde? La verdadera obscenidad es que los chicos vean a través de la televisión de qué manera honrosa se trata a sujetos que han contribuido a la miseria de sus semejantes. Y no me refiero sólo a los chicos de los países pobres, sino a todo hijo de hombre ¿cómo vamos a poder educar a los chicos mirando las caritas de las criaturas con hambre? Para educarlos habrá que ponerles orejeras, hacerles olvidar los valores que hacen la fraternidad de los hombres y llenarles el alma con toneladas de informática o simulacros de lucha por el bien común, cuando éste existe únicamente cuando a todo hombre se lo llama hermano. La persona se humaniza consistiendo a su impulso moral, y nada podremos ofrecer a nuestra juventud si la privamos de poder entregar su vida por amor, y en especial a los que sufren, ya que ésta es la raíz de la grandeza humana.

Con este pensamiento, hace unos meses he creado una fundación que lleva mi nombre destinada a los jóvenes, para que encuentren en el trabajo social hacia los más pequeños y desamparados una grata y sagrada alternativa frente al desempleo, y para luchar por la educación, que considero de una urgencia impostergable. Como centinelas, cada hombre ha de permanecer en vela, porque todo cambio exige creación, novedad, respecto de lo que estamos viviendo y para ello hemos de quitarle a este modelo la pretensión de ser la única manera de vivir posible para la humanidad. Si confesamos que somos responsables de lo que está sufriendo la humanidad, esto significa que en un momento no hicimos lo que pudimos hacer, hoy trataremos de comprometernos tan hondo como para que lleguemos a expresar la frase de Kafka, que dice: “Hay momentos del camino en que ya no se puede volver atrás, lo importante es llegar a ese momento”.

A pesar de las desilusiones y frustraciones acumuladas, no hay motivo para descreer del valor de las gestas cotidianas; aunque simples y modestas son las que están generando una nueva narración de la historia, abriendo así un nuevo curso al torrente de la vida. Basta con leer la historia para ver cuántos caminos ha podido abrir el hombre con sus brazos, cuando el ser humano ha modificado el curso de los hechos, con esfuerzo, con amor, con justicia. La posibilidad de comenzar a revertir esta situación está basada en la mirada que cada uno dirige a los demás. Este es el lugar del peligro y es también la oportunidad que nos ofrece la historia, porque esta crisis que tanta desolación está ocasionando tiene también su contrapartida: porque ya no hay posibilidades para los pueblos ni para las personas de jugarse por sí mismos.

Esta es una hora decisiva. Sobre nuestra generación pesa el destino de la vida, y no me refiero a mi país ni a Venezuela, es el mundo el que reclama ser expresado, para que el martirio de tantos hombres no se pierda en el tumulto y en el caos, sino que pueda alcanzar el corazón de otros hombres para repararlos y salvarlos. La falta de gestos humanos genera una violencia que no podremos revertir con el uso de armas, únicamente un sentido de la vida más fraterno nos podrá salvar.

Debo confesar que durante mucho tiempo creí y afirmé que éste era un tiempo final. Por hechos que suceden o por estados de ánimo, a veces vuelvo a pensamientos catastróficos que no dan más lugar a la existencia humana sobre la tierra. Pero infatigablemente gana la vida, es como esas plantas que asoman entre los ladrillos, lejos del agua y del sol, mostrándonos aquella raíz primordial, capaz de nutrirse del manantial oculto del que surge el coraje para seguir luchando.

Como diría Ernst Jünger: “En los grandes peligros se buscará lo que salva a mayor profundidad”. Nuestra esperanza hoy se apoya en que al menos una de estas raíces vuelva a ponernos en contacto con aquel reino telúrico del que se nutre la vida de los pueblos y de los hombres. Necesitamos el valor de penetrar en las grietas para que pueda volver a filtrarse el torrente de la vida. Y así, en medio de la depresión y del miedo que prevalece en nuestros tiempos, irán surgiendo, por debajo, imperceptiblemente, atisbos de otra manera de vivir que busque en medio del abismo la recuperación de una humanidad que se siente a sí misma desfallecer. La fe que me posee se apoya en la esperanza de que el hombre, a la vera de un gran salto, vuelva a encarnar los valores trascendentes, eligiéndolos con la libertad a la que este tiempo providencialmente lo está enfrentando. Porque toda desgracia tiene su fruto si el hombre es capaz de soportar el infortunio con grandeza, sin claudicar a sus valores. Aunque todos, por distintas razones, alguna vez nos doblegamos, hay algo que no falla y es la convicción de que únicamente los valores del espíritu pueden salvarnos de este gran terremoto que amenaza a la humanidad entera. Necesitamos ese coraje que nos sitúe en la verdadera dimensión del hombre. Sin duda, lo que hoy nos toca atravesar es un pasaje. Este pasaje significa un paso atrás para que una nueva concepción del universo vaya tomando lugar, del mismo modo que en el campo se levantan los rastrojos para que la tierra desnuda pueda recibir la nueva siembra, la vida del mundo ha de abrazarse como la tarea más propia y salir a defenderla con la gravedad de los momentos decisivos. Esta es nuestra misión porque el mundo del que somos responsables es éste, que nos hiere con el dolor y la desdicha pero que también nos da la plenitud de la existencia, el que nos ofrece un jardín en el crepúsculo, el roce de la mano que amamos, esta sangre, este fuego, este amor, esta espera de la muerte, este deseo de convertir la vida en un terruño humano.

Tenemos que abrirnos al mundo, porque es la vida y nuestra tierra las que están en peligro. No hay ningún lugar del mundo que pueda considerar que el desastre ocurre afuera y no podemos hundirnos en la depresión porque es de alguna manera un lujo que no pueden darse los padres de los chiquitos que padecen el hambre, en cambio cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia. Muchos ya lo están haciendo. Son hombres y mujeres que anónimamente sostienen la condición humana en medio de la mayor precariedad, unidos en la entrega a las demás, en el deseo absoluto de un mundo más humano. Son ellos los que ya han comenzado a generar un cambio, arriesgándose en experiencias hondas como son el amor y la solidaridad, y la tierra así va quedando preñada de empeño, pero antes habremos de aceptar que hemos fracasado, de lo contrario volveremos a ser arrastrados por los profetas de la televisión, por los que buscan la salvación en la panacea del hiperdesarrollo. El consumo no es un sustituto del Paraíso, la situación es muy grave y nos afecta a todos, pero aún así son multitudes los que se esfuerzan por no traicionar los valores nobles. Y ellos representan la gran mayoría del planeta, también en los países más desarrollados, quienes tienen hambre y sed de un mundo diferente. Millones de seres en el mundo sobreviven heroicamente en la miseria, entre ellos, los más vulnerables inocentes, sagrados, hay millones de chicos, de chiquitos, cuyas primeras imágenes de la vida son las del abandono y del horror. El tremendo estado de desprotección en que se halla arrojada la infancia nos muestra un tiempo de inmoralidad irreparable. Para todo hombre es una vergüenza, un verdadero crimen que existan 250 millones de niños explotados en el mundo. Quiera Dios que sean ellos, estos pequeños chicos, abandonados, que nos pertenecen tanto como nuestros propios hijos, quienes nos abran a una vida humana que los incluya.

Para finalizar les quiero leer algo de Hölderlin “El fuego mismo de los dioses, día y noche, nos empuja a seguir adelante. Venid, miremos los espacios abiertos, busquemos lo que nos pertenece por lejano que esté”